Tempus Fugit: El teatro de las sombras.
Entré sin pagar entrada, las puertas estaban abiertas, o tal vez nunca existieron. Un susurro me empujó hacia dentro, como si alguien hubiera escrito mi nombre en el guion de una obra olvidada. El aire olía a polvo y secretos, las butacas, repletas de rostros apagados, observaban el escenario donde marionetas idénticas a ellos repetían sus días sin cansarse, sin gloria, sin memoria. Un murmullo recorrió la sala: “esa es tu vida, mírala bien”. Y allí estaba yo, sentado en un escritorio con la espalda rota por relojes, alimentando máquinas que jamás me miraron. Arriba, en un balcón imposible, vi al Maestro de las Horas: un caballero vestido de humo, con agujas girando en sus pupilas, y un péndulo latiendo en su garganta. Reía como quien conoce el final y no necesita contarlo. Mis manos temblaron, quise gritar que no era yo, que ese fantasma en escena era un impostor, pero mi sombra se levantó de la butaca y caminó hacia el escenario, rompiendo las cuerdas que la sujetaban. El teatro calló. Las luces parpadearon como ojos moribundos. Las demás sombras se miraron entre sí, como si hubieran recordado de golpe que también eran prisioneras. Entonces entendí: no era un público viendo una obra, era un ejército de condenados aplaudiendo su propia repetición. El Maestro me señaló con su bastón, y el reloj gigante del escenario se detuvo. En ese silencio, la chispa de mi sombra brilló en la penumbra, y todo el Teatro tembló como si la eternidad hubiera tropezado.