Surgimiento de una estrella
—Velocidad, mon petit, es lo que le da gracia a la Piruette— repetía Monsieur Dubois en cada sesión y, con esas palabras en mente, la joven avanzó al centro del escenario. Dio una, dos, tres vueltas a la vez que aumentaba la "¡Velocidad, mon petit!", cuatro, cinco, seis... Perdió la cuenta. La ovación calló la vocecita que registraba los número en su cabeza. El público gritaba, agitaba los brazos. La gente de las gradas superiores caía de bruces sobre la de enfrente. La rapidez inconmensurable del giro incendió a la chica y la disparó al cielo. El bullicio del teatro cesó. —¡Cuánta gracia, mon petit— resonaba la voz del viejo mientras contemplaba el punto ardiente en el firmamento.