Siembra flores
–Siembra flores a tu paso– dijo el papá con voz quebrada y dándole un beso en la frente, expiró. La niña pensó que tendría que vivir sembrando flores, que tendría que ser jardinera y no podría ser otra cosa diferente. Cuando el papá le leía cuentos a la hora de dormir, a la hora de la ensoñación, su mente volaba a los mundos de azúcar, a los bosques encantados, a las nubes de algodón, a castillos encantados y trenzas largas y doradas que servían de escaleras. También había seres oscuros de dientes largos y feos, ojos de fuego, fantasmas juguetones, muñecas endiabladas y seres mitológicos de cuernos, escamas y fuego. La niña fue creciendo en este mundo fantástico donde todos los cuentos terminan felices. Quería ser escritora y cuando el padre le recomendó sembrar flores a su paso, pensó con tristeza, tendría que declinar sus sueños de escribir sobre las cosas que la sorprendían en este mundo de sueños. Pasaron los días, la niña creció y llegado el momento de decidir sobre una profesión u oficio se intensificaron las dudas y la pugna interior, entre los sueños propios y las últimas palabras de su padre, se intensificó. Un día, cayó en sus manos un cuento sobre una niña, María Linda, que al hablar le salían flores de la boca por ser tan bondadosa y su hermana, envidiosa, quiso robar el secreto de este prodigio para sí. Ella se llamaba María Cacho y fue castigada por sus acciones con un par de cachos que coronaban su frente y sapos y lombrices salían de su boca cuando profería alguna palabra. Fue tanta la impresión que sobre la niña causó este cuento que comprendió, por fin, las palabras del padre: era posible hablar flores, pensar flores, escribir flores. Aprendió allí, que la bondad, la alegría y el amor eran las tres flores más hermosas del jardín y en sus manos, boca y zapatos estaba la semilla que debía ir regando por el camino de la vida. Fin.