separacion divina, dulce nostalgia
Que hermosa, profunda e inquietante resulta la idea que afirma que conscientemente elegimos venir a este mundo. Hermosa porque es romántica; inquietante porque nos hace responsables hasta los huesos de nuestras experiencias, sean cuales sean: compromete a Dios, y nos compromete a nosotros, nos libera de la opresión del ser supremo que antes imponía todas las cosas. Antes de que tu alma fuera tuya —antes de ser nombre, historia o herida, humano, vida—, eras Dios mismo. No una criatura aún, sino sustancia divina, conciencia indivisa, plenitud sin bordes. Y es Dios quien, en un gesto que no admite explicación, decide crearte: al separa un fragmento de Sí, se vació levemente, y de esa porción exacta, irrepetible, te hizo existir. En el instante cero —ese parpadeo anterior al tiempo— eras Dios, eras tú eligiendo venir al mundo. Tomaste la decisión consciente de dejar de ser Dios, elegiste abandonar el todo para comenzar a ser alguien, un ente sólo, un ser. Pero inmediatamente después del instante cero llega la angustia. Porque la separación del Todo, del Dios, no es suave ni simbólica: es desgarradora, es triste, es impresionante; Deja una marca imborrable. Y en esa herida primigenia se imprime el deseo más antiguo del alma: volver a ser Uno con el Dios. Por eso ninguna alma nace completa en la tierra. Todas llegan con una nostalgia que no saben nombrar, con la certeza muda de pertenecer a algo más alto, más vasto, más verdadero que este mundo. Algunas no resisten el peso de esa memoria y son tocadas por el remordimiento, otras caminan heridas, sufridas, pero perseverantes, buscando obstinadamente el sendero de regreso. Algunas, más ligeras o más confiadas, viven en la dicha, como si la separación no doliera. Pero todas —sin excepción— cargan la misma verdad silenciosa: ninguno fue arrojado al mundo por error. Todas las almas eligieron venir, a conciencia. T.R.