por Eliodoro Arnó hace 2 meses

Nostalgia: prosa y versos

Desde aquí arriba se observan manchas oxidadas y la ciudad es casi invisible por el humo que se confunde con las nubes. Los agricultores regresan del conuco con las manos negras igual que su ropa. La noche no tarda en llegar.

Si el río llorara a esta hora ya estaría muerto, no me cabe duda, pues la sombra oscura que le rodea no causa más que tristeza. ¿Quién diría que hace apenas unos meses aquí donde estoy había verde? Recuerdo la última vez que vine.

Nuestros ojos se perdían entre montañas
El viento mecía la hierba a nuestros pies
Recodábamos juntos el martirio de las pestañas
Poniendo páginas al revés.

Me acompañaba Nancy, una joven de otro pueblo que también se había graduado y soñaba llamarse mi novia, pero ella era más que eso para mí. Esa tarde quisimos esperar la noche en este lugar para ver cómo se veían las luces de la ciudad. Ya que estábamos lejos de las macanas, tiros y bombas aprovechamos para recordar una sección de clase en la Primada.

Decenas de hojas volvían a verde
Para dar vida al árbol muerto
Volvía a pisar el lápiz al papel
En la silla un aprendiz sin movimiento.

Libros y mapas dejaban el polvo
Ya con desactualizadas hojas amarillas
Rugían los nervios en el pecho y la rodilla
Seguía inmóvil un aprendiz en la silla.

Acordes venían los estornudos
El valiente pasaba por miedoso
Preguntaré al azar, suena el timbre
¡Dios sí es misericordioso!

La tarde empezó a desaparecer y todo lo contrario hacían las estrellas en el cielo. Brotaban a una velocidad que era imposible determinar su nacimiento, no supimos si el cielo competía con la ciudad. Lo cierto es que mirar en ambas direcciones resultaba alucinante.

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