Metamorfosis del pensamiento

por Débora Parra hace 2 semanas

Inoportuna e impertinente
arribó al centro del páramo que me habita
una
idea
fija
hiperactiva, ejecutora de cabriolas,
así como la tuya, Blas Cubas,
cuando casi te tiras al océano
repitiendo el nombre Marcela,
o como cuando te perforó el entrecejo
el deseo de inventar un medicamento,
un emplasto, vamos, una untura
que aliviase la melancolía.

Mi idea,
facsímil a la del que se mató con cianuro de oro en la obra de García Márquez
voló en un susurro arrimado al viento:

"La indecencia de la vejez
hay que impedirla mientras se es joven".

Así,
desde que ella existe
he procurado pisar los pasos de la muerte
determinar el método, la forma e incluso el día
-preferiblemente miércoles-
en que pueda invitarle un trago y robarle quizás,
un beso.

Desde que ella es
he reafirmado mi deseo de atravesar el portal
terminar de vaciar el vaso
abrirme las venas
dejar que de las heridas
broten flores.

Pero los cimientos de mi certeza
han comenzado a tambalearse
y me veo conminada a replantearme
dos
tres
cuatro veces
el bravísimo anhelo de dormir
y soñar recogida la paz dispersa
recuperada la ligereza del corazón
la suficiencia de la calma.

Una presencia anuladora me eleva y me suspende
en un espacio atemporal
donde mis aspiraciones trasmutan:
me detengo frente al portal
pretendo de él llenarme el vaso
procuro que una selva me crezca por dentro
y que las hojas
y las flores
y las ramas
se me salgan por los orificios del rostro.
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