Metamorfosis del pensamiento
Inoportuna e impertinente arribó al centro del páramo que me habita una idea fija hiperactiva, ejecutora de cabriolas, así como la tuya, Blas Cubas, cuando casi te tiras al océano repitiendo el nombre Marcela, o como cuando te perforó el entrecejo el deseo de inventar un medicamento, un emplasto, vamos, una untura que aliviase la melancolía. Mi idea, facsímil a la del que se mató con cianuro de oro en la obra de García Márquez voló en un susurro arrimado al viento: "La indecencia de la vejez hay que impedirla mientras se es joven". Así, desde que ella existe he procurado pisar los pasos de la muerte determinar el método, la forma e incluso el día -preferiblemente miércoles- en que pueda invitarle un trago y robarle quizás, un beso. Desde que ella es he reafirmado mi deseo de atravesar el portal terminar de vaciar el vaso abrirme las venas dejar que de las heridas broten flores. Pero los cimientos de mi certeza han comenzado a tambalearse y me veo conminada a replantearme dos tres cuatro veces el bravísimo anhelo de dormir y soñar recogida la paz dispersa recuperada la ligereza del corazón la suficiencia de la calma. Una presencia anuladora me eleva y me suspende en un espacio atemporal donde mis aspiraciones trasmutan: me detengo frente al portal pretendo de él llenarme el vaso procuro que una selva me crezca por dentro y que las hojas y las flores y las ramas se me salgan por los orificios del rostro.