El profesor

por Débora Parra hace 1 semana

Desde la butaca posterior derecha, y en medio del bullicio de los demás niños, Hortensia no lograba distinguir las palabras que pronunciaba la directora de la escuelita, sin embargo, su cerebro se las ingenió para hacerse con lo esencial del mensaje: Yamil Marín, el hombre de pie junto a la mujer, sería a partir de hoy su maestro. La niña escribió entusiasmada el nombre del profesor en su único cuaderno. “Seré buena y estaré atenta”, se dijo a sí misma. Tomó (imaginó tomar) apuntes sobre la función comunicativa de las odas, dibujó polígonos inscritos y circunscritos en circunferencias, comparó los aportes de las civilizaciones europeas al Nuevo Mundo y explicó ejemplos concretos sobre los cambios que sufre la materia. Al atardecer, se encaminó a casa imprimiendo torpes huellas al andar. Entró en la estancia y fue directamente al patio trasero donde su madre la esperaba recostada en la hamaca en la que ambas conversaban por las tardes. Esta, al entrar en contacto con su hija, se incorporó preocupada y comenzó a tantearla. La piel de Hortensia abrasaba y la pequeña no tardó en desplomarse en los brazos de la mujer. Su cuerpo temblaba. —Me arde el estómago— repetía entre sollozos. Convencida de que había comido algo infectado en la escuela, la madre rebuscó entre las cosas de la niña persiguiendo los indicios de una repentina enfermedad, pero no encontró más que unos cuantos lápices de colores, una regla y un cuaderno en el que lo único que había escrito era el nombre de un tal Yamil Marín adornado por docenas de corazoncitos de colores.
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