El cierre.
Terminó, sin fuegos artificiales, sin una última noche, sin ver 500 días con ella, sin llanto ni llamadas. Solo terminó. Ya era justo, ya era necesario. En otra vida quizás, en otro tiempo tal vez, pero sé que ahora no. Dios me dijo que estarás bien, así que estoy tranquilo. Sigo con mi viaje porque ya quemé mis barcos y no puedo regresar atrás por el mar que me separa de la idea de un nosotros, de la idea de un “te amo”, de tus cálidos abrazos, de tus “te quiero” rotos. Sigo con mi viaje del que nunca debí desviarme, del que nunca debí apartarme cuando usé mis velas para hacerte un vestido, cuando usé mi timón para hacerte unos zapatos, cuando usé la proa para hacerte un hogar. Aun así me siento bien, porque eras un pájaro herido, una sirena que no podía cantar, a la cual le volvió la voz y cantó y brilló como nunca había brillado. Aunque no fuera a mi lado, me alegro de que voló, me alegro de que cantó como nunca había cantado.