Desasosiego

por Débora Parra hace 2 meses

He de suponer que
a la mayoría de las personas
nos asaltan episodios
en los que la soledad nos desasosiega.

La tranquilidad de un hogar silencioso
incentiva las ganas
postergadas desde hace una década
de abrirse por fin
la carótida izquierda.

Pero qué insoportable,
pero qué escozor,
pero qué cefalea
supone tanta quietud
externa.

Con esa calma se pasea uno por la vida
taciturno
meditabundo
tan callado;
pasan indavertidas las imprecaciones
disonantes
de la orquesta que llevamos todos
en la boca del estómago.

El director no sabe qué hacer con ella
coge la batuta y la zumba
hacia el duodeno
a los intestinos
y el palito cae con gracia
sobre el público
que es la mierda.

El viejo -la senectud es requisito de su ejercicio-
levanta las manos al cielo
consciente de que no hay quien oiga,
nunca lo hay
nadie nada nunca
jamás,
declara pacífico
fingiendo dominio de sí mismo
«Aquí lo que queremos es silencio»
percusión, viento y cuerda
aquí no hay quien aguante
otra cabriola emocional.

Pero qué peste
no me aguanta ni el gentío que llevo dentro.
¡Cojollo!
¡Pero qué vaina!
maldita cobardía esta de seguir viviendo
y no escuchar callarse la brisa azotadora de los árboles
la risa impertinente de mis sobrinos
la última nota de una cuerda percutida
interpretada por los gráciles dedos de uno de los músicos
de la orquesta de mi desasosiego.
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