Desasosiego
He de suponer que a la mayoría de las personas nos asaltan episodios en los que la soledad nos desasosiega. La tranquilidad de un hogar silencioso incentiva las ganas postergadas desde hace una década de abrirse por fin la carótida izquierda. Pero qué insoportable, pero qué escozor, pero qué cefalea supone tanta quietud externa. Con esa calma se pasea uno por la vida taciturno meditabundo tan callado; pasan indavertidas las imprecaciones disonantes de la orquesta que llevamos todos en la boca del estómago. El director no sabe qué hacer con ella coge la batuta y la zumba hacia el duodeno a los intestinos y el palito cae con gracia sobre el público que es la mierda. El viejo -la senectud es requisito de su ejercicio- levanta las manos al cielo consciente de que no hay quien oiga, nunca lo hay nadie nada nunca jamás, declara pacífico fingiendo dominio de sí mismo «Aquí lo que queremos es silencio» percusión, viento y cuerda aquí no hay quien aguante otra cabriola emocional. Pero qué peste no me aguanta ni el gentío que llevo dentro. ¡Cojollo! ¡Pero qué vaina! maldita cobardía esta de seguir viviendo y no escuchar callarse la brisa azotadora de los árboles la risa impertinente de mis sobrinos la última nota de una cuerda percutida interpretada por los gráciles dedos de uno de los músicos de la orquesta de mi desasosiego.