amando a la insufrible
Deslenguado es el silencio, más elocuente que su final fue su principio, pues con sórdidas bocinas de decepción anuncia el ocaso de un barco que creíamos apenas iniciaba su marcha. Un torbellino de malas elecciones —por parte de su amada— perforó la protectora coraza del coloso celoso, y herido de muerte su amor propio, se negó a seguir amando a la doncella. Había soportado las heridas de la daga con la que insistentemente lanzaban golpes vanos contra su osamenta, pero al quitarse el casco, luego la coraza... y reconocer la daga en manos de su amada, no pudo resistir la falta de empatía, de respeto, de consideración. Deslenguado y elocuente es el silencio de los labios que deben respuestas y, en lugar de pagar y hacer pagar por las ofensas, piden más bien clemencia para el ofensor. Oh, coloso desdichado, que, cegado por tus más íntimos anhelos de haber hallado el amor verdadero, vertiste todo tu ser en protegerla. Su dulzura nubló tu juicio, haciéndote creer que podías ser dueño de ese espíritu indómito que, cuando la conociste, todo lo conocía. No es tuya ni de nadie. Es una loba solitaria que se abandona a su voluntad, ofreciendo sus mieles solo a quien le place, sin ataduras ni compromisos, libre en su propia naturaleza. T.R.